Misioneros de la confianza.

IMG_1203Llegaron sin avisar, sin informarle a nadie que estarían de visita. Monseñor los recibió en la entrada de su oficina, cruzaron algunas palabras y después los llevó a la cena a la que estábamos invitados.

Dos misioneros, dos seminaristas jóvenes que habían sido enviados como parte de una misión de verano del movimiento al que pertenecen (el Camino Neocatecumenal). En medio de la cena, el vino, la comida, las risas, el compartir, nos enteramos de algunos detalles de las condiciones de la misión: dos en dos, sin equipaje, solo un pequeño morral, sin dinero, sin teléfono celular, sin carro, sin lugar definido donde dormir o comer. Su encargo: visitar las parroquias para animar a los sacerdotes de la diócesis a seguir haciendo su trabajo dejándoles saber cuánto los ama Dios, esperando que alguien los invite a una comida o, con suerte, les ofreciera una habitación para pasar la noche, en caso contrario, cualquier silla de un parque y el cobijo de las calurosas noches de verano bien servía. Una semana caminando alrededor de ciudades, pueblos, parroquias, iglesias, simplemente charlando con los sacerdotes, religiosas o cualquiera que quisiera entablar una conversación tranquila y amena, contando sus propias experiencias de vida y sueños como futuros sacerdotes.

Tuve la oportunidad de hablar con algunos compañeros de ministerio que conocieron a este par de jóvenes misioneros. Las expresiones era comunes: locura, sin sentido, falta de planeación, románticos, algunos inclusive con adjetivos un poco más fuertes, como “fanáticos”, “anacrónicos”

Algo de verdad hay en los comentarios, las condiciones de la misión eran bastante semejantes, casi literales, a las condiciones expresadas en el evangelio de Lucas (10:4-12). Y claro, no faltan las reflexiones teológicas para refutar la osadía de un grupo de más de 1.500 misioneros, recorriendo las diócesis de los Estados Unidos, sin nada más que su entusiasmo por compartir su experiencia de Dios.

Todos esos comentarios demuestran es nuestro asombro al ver el entusiasmo de un grupo de muchachos desafiando la inseguridad de las ciudades, confiando en la generosidad de los locales, aventurando la vida, mientras nosotros, un tanto pasivos, un tanto acomodados, un tanto seguros de nuestros recursos y conocimientos, nos quedamos muchas veces quietos sin arriesgar mucho. Tan calculadores de los riesgos y contras, tan ajustados a planes, estrategias y programas, que se nos olvida que el asunto del Evangelio no es un asunto de industria, de institución, sino de la vida misma, y como la vida misma ocurre a veces sin ser planeada, nos sorprende con sus propias contradicciones y nos alegra con sus ocurrencias.

Estos misioneros que nos visitaron me hicieron dar cuenta de cuánto confío en mis propios recursos, externos e internos, cuánto calculo y cuan poco arriesgo. Creo, por supuesto, que debe haber un balance, y eso fue precisamente lo que lograron estos misioneros en mi vida, balancear la creciente confianza que pongo en los recursos, en los medios, en mis propias capacidades y las capacidades de la institución y me olvido de aquello que también enseña el Evangelio: la confianza en la Providencia.

Y así como llegaron, silenciosamente, se fueron, sin buscar ningún reconocimiento o felicitación, me imagino que contentos por haber hecho lo que se les había encargado y por responder al llamado del Evangelio en el que creen y que profesan con tanta alegría.

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